A las puertas de El Pórtico

 

 

 

A veces he pensado que estar libre de los lazos que tejen las emociones podría ayudarme a acercarme con los ojos del raciocinio a las obras de arte, para desenmarañar así algunos secretos técnicos.

Con el tiempo he descubierto que ni la mirada más aséptica puede liberarse del sentimiento que nos provoca conocer a fondo una obra de arte, que esto es precisamente lo que hace que nos identifiquemos con ella y la sintamos como tal.

 

Por ello confieso que me he acercado a este grupo artístico, a El Pórtico, con total predisposición hacia la emoción, que he capturado las imágenes como un botín y que al escribir sobre estos artistas algunas impresiones se quedarán en el tintero: las que me provocan en cada nueva mirada.

 

He seleccionado varios artistas de este grupo, todos contemporáneos y todos ellos de estilos, formación y trayectoria diversa, por lo que considero que este conjunto de autores conforman un abanico bastante amplio y que su riqueza reside justamente en ello.

 

 

 

 

 

 

 

El humo de la pipa de Aguilera

 

 

 

Adentrarse en el rico mundo de la creación artística de Aguilera conlleva caminar, siempre de puntillas, por una realidad interior tan compleja como viva.

 

Detrás de sus obras hay una intensa trayectoria vital, es quizás la simbiosis de su evolución personal y artística el tema central de toda su producción.

 

Consideramos que su estilo es bastante unitario y que responde a los mismos cánones, sin embargo encontramos dos tipos de pinturas: la surrealista con figuración y la abstracta.

 

 

 

 

 

 

 

De todas las maneras de acercarse a la realidad, la de Aguilera es de las más profundas, ni si quiera en su vertiente más figurativa, con personajes realizados en estilo surrealista como Ghandi o Mujer con Niño, deja de sorprendernos con su visión particular.

 

Estos personajes aparecen apelando al espectador, cual visión onírica, con una apariencia evanescente y una interrogación serena en la mirada.

 

Todos tienen un porqué y ellos mismos parecen saberlo.

Preguntémosle sino a La Arcana o a La Mujer que escribe.

 

Ellos realizan una acción pero nos trasmite sentimientos contradictorios, por una parte se muestran desvirtuados, como la recreación del Matrimonio Arnolfini de Van Eyck bajo el titulo de Fantasía. Su traza es dinámica, la multitud de colores y pinceladas da la sensación de que el aire pudiera traspasar sus ropajes, pero por otra parte, son figuras rotundas, con una presencia que no responde evidentemente a su físico sino al interior de las mismas: la mirada de Aguilera en las miradas de sus retratos delata al artista.

 

Pensamos que en esa búsqueda constante del ser, que se pueden abordar por tantos caminos como queramos, es donde nuestro artista se mueve como pez en el agua y de donde fluyen sus temas: la filosofía oriental, el pensamiento zen, las teorías metafísicas, la perfección del universo... o simplemente la grandeza o pequeñez del alma humana.

 

Para nosotros, como espectadores, son pequeños retazos o monumentales lienzos, las instantáneas capturadas del vaivén de su tiempo.

 

Porque el tiempo es otro factor que parece obsesionar al artista, de hecho le dedica toda una serie: La Danza del tiempo, que en la misma línea de surrealismo figurativo, parece surcar por tempestades o flujos de energía.

 

En ellas las huellas indelebles del tiempo se manifiestan no como presencia estética, sino como el sabor del conocimiento profundo de los acontecimientos cuando el tiempo va pasando, y en nuestro interior lo rígido se vuelve curvo y las negaciones se convierten en pequeños placeres.

 

Como decíamos al inicio, la misma raíz subyace en toda su producción y por eso partimos del mismo sitio a la hora de encontrarnos con sus pinturas abstractas.

 

 

 

 

 

 

 

 

De nuevo sus pinceladas son etéreas, Aguilera nos traza en óleo imágenes simbólicas que parecen las formas caprichosas del humo parsimonioso de la propia pipa del artista.

 

En este estilo, que suele titular y numerar como Arje, no da claves, no se interrumpe, no es explícito pero tampoco hermético, simplemente se muestra como es y lo plasma de forma rápida.

 

En la agilidad de su factura algunos pretendemos ver la danza de una muchacha, el ensimismamiento de un feto, una corriente de agua o piruetas imposibles y lo cierto es que jugar a vernos reflejados en sus telas es quizás el rellano, la entrada, a su propio mundo.

 

Y en ello también nos ayuda la combinación de colores que utiliza en las diferentes composiciones, elegidos con cuidado, parece ser el punto de partida del proceso creador.

 

Posteriormente enmaraña o desenmaraña, según se mire, el hilo con el que teje las impresiones más intimistas de un artista en continua evolución.

 

 

 

 

 

 

 

 

Mª Teresa Suárez Domínguez

 

 

ARQUITECTURA

DE CALLES INTRANSITABLES

 

 

 

 

"A veces me basta una vista en escorzo que se abre justo en medio de un paisaje incongruente, unas luces que afloran en la niebla, el diálogo de dos transeúntes que se encuentran en pleno trajín, para pensar que a partir de ahí juntaré pedazo por pedazo la ciudad perfecta, hecha de fragmentos mezclados con el resto, de instantes separados por intervalos, de señales que uno envía y no sabe quién las recibe. "

"Las Ciudades Invisibles", Italo Calvino

 

 

 

 

 

 

Que Alan Riker dibuje, pinte y proyecte en sus obras no es casual, ni siquiera procedimental, es fruto de la mirada de un arquitecto versátil que se revela pintor para ir más allá de sus construcciones.

 

Dentro de un estilo abstracto encontramos paisajes urbanos o rurales atrapados en las redes de araña de una nueva mirada, la piedra como temática se vuelve flexible como un tejido.

 

 

Así, en una misma obra, podemos recorrer calles empedradas como reconocer la geometría de edificios irreales envueltos en una malla, un puente a lo lejos, tal vez.

 

 

Contemplar su obra, ausente de personajes, nos hace imaginar, en un guiño imposible, a las figuras de Marc Chagall como habitantes de este mundo etéreo.

 

 

No son ni el equilibrio ni la resistencia las preocupaciones del arquitecto ahora artista.

 

 

 

 

 

 

 

 

En esta faceta, influyente pero no decisiva, sus composiciones están libres de las leyes de la construcción y gravitan a su antojo, ya que es el espíritu de las mismas el que cobra vida, haciendo desaparecer las estructuras.

 

 

Sí sigue siendo fundamental la estética, que en este caso desarrolla con la abstracción y se apoya en los colores.

 

Cada obra parece abrirnos ilusorias ventanas de cristales vidriados multicolor, a través de los cuales seguir viendo la arquitectura más solitaria y colorista, donde hasta a los sueños se les pinta el rastro que dejan en la vivienda del corazón.

 

Podemos observarlo en la obra Dreamt Spaces, entre otras, que aunque carecen de título en su mayoría aunque no por ello están exentas de una identidad propia.

 

 

Los colores con los que se visten estos velos están al servicio de los pensamientos fugaces del autor y las visiones de los escenarios fantasiosos se apoyan en líneas y juegos descriptivos, sustentados por gamas de colores muy bien estudiadas, contraposicionadas a veces, pero siempre armoniosas en su conjunto.

 

 

Podemos distinguir los materiales de estas fortalezas interiores, de las calles intransitables, de las ciudades utópicas y en definitiva de la arquitectura de un mundo interior con elementos vivos y habitables solo en el mensaje de su contenido.

 

Este devenir de lo real hacia lo abstracto para mostrarnos el tesoro más auténtico recuerda la filosofía de Italo Calvino en su libro "Las ciudades invisibles", la creación de una existencia imposible a partir de lo ya vivido, es más, como vehículo de expresión del sentimiento por lo acontecido.

 

Con nuestro artista es fácil sumergirnos en una "ciudad invisible" ya que los caprichosos ojos de Alan Riker se recrean en pinceladas rápidas aunque meditadas y cargadas de óleo que acaban dando firmeza a la arquitectura más efímera, la composición más irreal, una acrobacia para los sentidos en un mundo que se nos hace "visible".

 

 

 

 

 

 

Como resultado nos queda pues un conjunto, que si bien a primera vista se nos antoja quebradizo, inclinado, volátil cuando nos introducimos en él y dejamos al espíritu caminar por las enrevesadas callejuelas

 

 

quizás le encontremos sentido a las tangentes,

 

a los senderos abandonados,

 

al silencio de la ciudad inhabitada,

 

a las nubes de colores

 

y quizás entonces podamos comprender

 

que las edificaciones más fuertes,

 

las más sólidas

 

quizás, quizás

 

son las que aquí se nos desvelan.

 

 

 

 

 

 

Teresa Suárez.

Septiembre de 2005.